
CUANDO CONOCÍ A PANCHO VILLA.
Mi nombre, no importa, mucho menos mi edad, lo que debe de importarles, es lo que hace años, cuando aún era yo niño, sucedió aquí en Parral.
Era la época en que los trenes no tenían rival, los caballos y los burros no los podían alcanzar, mucho menos con la carga que esos carros de hierro podían llevar, pero los trenes no son lo que yo les vengo a contar, es acerca de un hombre valiente que conocí cuando tenía su edad, yo no sé si fue muy bueno, tampoco sé si fue malo, hay gente aquí que lo quería, otros más que al diablo le temían, pero de lo que si estoy seguro es que dejó huella en nuestra vida, Doroteo Arango fue su nombre, centauro del norte le decían, por que cuando arreaba en su caballo uno solo parecían, yo lo conocí una noche, cuando a casa de mi abuela por mandato de mi padre me dirigía, mi padre dijo con recelo, ándate con mi madre a prisa, porque dicen en el pueblo, que aquí anda Pancho Villa, ¿y quién es ese Pancho Villa le cuestioné yo a mi madre? Un abigeo, que ronda por los caminos robando a los hacendados, no ha de ser tan malo me dije, si les quita lo que a nosotros ellos nos roban día con día, pero en miedo me corrió hasta las patas cuando mi mamá me contó lo que seguía, dijo que él mató solo a doscientos con la mano en la cintura, ustedes sabrán si es cierto yo no digo que es mentira, pero de que daba miedo el hombre, eso nadie dudaría, a jalones me sacó mi hermano de mi casa cuando salir no quería me dijo no seas rajado no existe ese Pancho Villa, pero apenas me lo dijo, se le vio doblar la esquina, yo me quedé parado con mis patitas temblando, mi hermano más que zurrado, salió casi volando, ese hombre iba en su caballo, centauro no parecía, pero con el miedo que me daba, no supe si era el diablo, tenía los bigotes negros pero largos como estopa, su sombrero se veía forrado como escondiendo algo extraño, andaba con muchos hombres que gritaban tonterías, o al menos así lo entendí cuando escuché que a Madero de presidente querían, la madera no piensa, sirve para calentar fogones, no para ser presidente como aquellos hombres querían, Pancho Villa al verme, no supo lo que yo quería, sacó una moneda buena y me la dio enseguida, dijo que me comprara panes pa llevarle a mi familia, que ya no me preocupara, que pronto escuela tendría, así me dejó aquel viejo callado y mirando el cielo cuando el suelo no podía, pero si escuchaba los cascos de los caballos que se perdían, la escuela sí que la puso, yo la visitaba todo el día, en la mañana para aprender las letras, en la tarde, para ayudar al maestro con lo que él pretendía.
Yo no sé si fue muy bueno o si fue tan malo en su vida, lo que sí puedo decirles niños, es que conocí a Pancho Villa, que gracias a él tuve escuela y pude aprender las letras con las que ahora ustedes entienden esta narrativa.
Narración ficticia de un anciano que vivió su infancia en parral durante la revolución.

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